De plazas, toros y toreros de Miguel Salas

Exposición de fotografías de Manel Sanz

Miguel Salas                                               Barcelona, noviembre 2016

Las imágenes que nos presenta Manel Sanz nos confrontan con algunas contradicciones. ¿Qué vemos en ellas? ¿Qué queremos ver? ¿Cómo interpretamos esos espacios vacíos que antes tuvieron vida -también muerte- y escucharon aplausos y glorias -también fracasos- matadores saliendo por la puerta grande y sangre esparcida por el albero, sangre de toro, pero también de toreros y banderilleros? Al contemplar una fotografía siempre vemos un reflejo, un retorno de lo que nos sugiere y de la evidente contradicción entre el momento fijado, fotografiado, y el momento contemplado y de quien lo contempla.

El escritor inglés John Berger explica que “El verdadero contenido de una fotografía es invisible, porque no se deriva de una relación con la forma, sino con el tiempo…una foto, por su propia naturaleza, se refiere siempre a lo que no se ve”. Esa es la invitación que nos ofrece Manel. Nos confronta con el espacio, con el pasado y con nuestra imaginación.

Plaça de toros Monumental de Barcelona 2014

Una contradicción, al menos para muchos, a la hora de entender las razones por las cuales muchos intelectuales consideraron el toreo como arte, como cultura. Digo por adelantado que ni sé de toros ni nunca he asistido a una corrida, y que mi aproximación a este mundo es puramente teórica. Me apunto a aquel dicho que dice que “de toros solo saben las vacas”.

En estas fotografías no encontraréis toros -si acaso sus vagos recuerdos – pero quizás si os remitan al histórico y todavía no resuelto debate sobre los toros. Veamos algunos ejemplos. Lope de Vega ya escribió: “Yo no sé, por Dios, qué hallan en ver un toro correr tras un hombre, y si lo alcanza verle volar por los cuernos y verle bajar sin bragas”. Y a otro de susir: “¡que guste España de ver una fiesta tan maldita!”.

Siglos después, el político e intelectual Gaspar de Jovellanos calificó las corridas de toros como “violentas y feroces”. La novelista gallega Emilia Pardo Bazán dijo que “pueblo que se entrega a los toros no volverá a enriquecer las artes”. El debate sobre “toros sí o toros no” ha estado muy presente a lo largo de la historia. Algunos lo resolvieron a su manera. Un día le preguntaron al Premio Nobel Jacinto Benavente si le gustaban los toros y respondió que “si he de ser sincero, me gustan bastante más los toreros”.

Rubén Darío, del que este año se ha conmemorado el centenario de su muerte, escribió: “Me encantan todos los preliminares de la lidia y me regocija lo pintoresco y musical del espectáculo; mas protesto en cuanto empieza la fiesta de la sangre, y ante mis amigos españoles aficionados, me pongo en ridículo”. Y ya que estamos en Latinoamérica, recordemos un dicho mexicano: “Los toreros no se retiran. Los políticos, menos”.

Otro poeta, Emilio Carrere, actualmente olvidado, escribió: “Ya ha perdido la estrella de su norte la raza, ya este pueblo borracho que vocea en la plaza y gusta de emociones crueles y delirantes, le interesa Gallito mucho más que Cervantes. Un hombre inteligente debe ser anarquista. Vive el arte una vida triste de pordiosero; mientras se muere de hambre el artista en la sombra, tiene el oro el tendero y la gloria el torero”.

Y con palabras suaves, pero no menos duras, Antonio Machado utilizará para definir al “señorito” decadente español: “¿tu amor a los alamares (adornos de los toreros), y a las sedas, a los toros, y a la sangre de los toros, y al humo de los altares? En su conocido poema de la España de charanga y pandereta, la “España devota de Frascuelo y María”, o sea, del toreo y la iglesia, es para Machado la España que se agarra al pasado y que en ese mismo poema contrapone a “una España implacable y redentora, España que alborea, con un hacha en la mano vengadora, España de la rbia y de la idea”. No parece muy antiguo.

Parece que esa relación entre toros e iglesia forma parte de una antigua tradición del país. En la novela Incerta glòria, de Joan Sales, encontramos esta canción popular cantada en la Barcelona de 1835:

“Salieron seis toros

Los seis mansos fueron;

Y ésa fue la causa

De quemar conventos”

Porque había otros, y los hay todavía, que encuentran en los toros una profunda idea de lo que debería ser este país. Por ejemplo, recordando a Ramón Pérez de Ayala diciendo: “No. Nunca… los toros no pueden morir. Moriría España” No viene al caso, ahora, la parte que tenga de alegoría o de políticamente correcto o incorrecto. Que cada cual saque sus conclusiones.

Pero volviendo a las contradicciones, ¡quién está libre de ellas! encontramos a Juan Ramón Jiménez, que en Platero y yo hace una elegía: “Todo el pueblo está conmovido con la corrida…” y en otro momento escribe: “(desde niño) tuve un horror instintivo al apólogo, como a la iglesia, a la Guardia Civil, a los toreros, y al acordeón” (bueno, esto último quizás no haya que tenérselo en cuenta).

Sabida es la gran afición que siempre hubo en Barcelona, al mismo tiempo, hay que reconocer que en cierto sentido el toreo forma parte de la tradición cultural española. Cómo no tener en cuenta a García Lorca cuando nos dice “que los toros son la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”.

Y, sobre todo, cuando en su poesía es capaz de transmitirnos tanto sentimiento:

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde…

¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

 Poema que forma parte de la tradición literaria y de nuestro propio bagaje cultural.

Rafael Alberti llora también la muerte de Joselito, otro gran torero:

Llora Giraldilla mora,

lágrimas en tu pañuelo.

Mira cómo sube al cielo

la gracia toreadora.

Y Pedro Salinas nos dice:

Y un mocito,

que era de la torería

la juró un día de abril

(Dios le iba matar en mayo)

Chiquilla tú eres mi vida.

 Quizás, porque además de su interés por los toros, les atraía lo que podríamos llamar la ceremonia de enfrentamiento con la muerte. Tema que ya supera el ámbito de esta exposición fotográfica.

Plaça de toros Monumental de Barcelona 2014

Al final, para saber algo de todo esto hay que ir a las fuentes, a quien “se trabaja” el toro, el torero. Y Juan Belmonte fue uno de los grandes y así pudo decir: “Si yo fuese un ensayista en vez de ser un torero, me atrevería a esbozar una teoría sexual del arte; por lo menos, del arte de torear. Se torea y se entusiasma a los públicos del mismo modo que se ama y se enamora, por virtud de una secreta fuente de energía espiritual que, a mi entender tiene allá, en lo hondo del ser, el mismo origen. Cuando este oculto venero está seco, es inútil esforzarse. La voluntad no puede nada. No se enamora uno a voluntad ni a voluntad torea”, claro que también fue capaz de reconocer que “El día que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente el miedo”.

Un día, Ramón del Valle Inclán entusiasta seguidor de Juan Belmonte va y le dice: “¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza! – Se hará lo que se pueda, don Ramón- contestó modestamente.

Las espléndidas fotografías de Manel Sanz son una invitación al diálogo, entre lo presente y lo ausente, entre lo que fue y es, entre lo que nos ha querido transmitir y lo que seamos capaces de aprehender. Es el objetivo mismo de la fotografía. Lo explica John Berger: “Una fotografía es efectiva cuando el momento registrado contiene una medida de verdad que es aplicable en general y que revela lo ausente igual que lo que está presente en ella”. Creo que la intención del fotógrafo queda reflejada en estas dos citas toreras. Son de Rafael el Gallo, otro insigne torero: “Clásico es lo que no se pué hacé mejó” y “Perfecto es lo que está bien arrematao”.

Nota: Miguel Salas va escriure aquest text especialment per a l’exposició de fotografia “La Monumental sense toros”. El va llegir per primera vegada, davant del públic assistent a la inauguració l’11 de febrer 2016, al centre cultural Euskal Etxea de Barcelona. Avui reproduïm el text en aquest catàleg.